La crisis en Medio Oriente debilita alianzas. Trump y el arte de crearse enemigos

Giorgia Meloni y Donald Trump en la época en que la relacón entre ellos era óptima. Foto Gobierno Italia b

Sergio Ferrari.

La operación lanzada por los Estados Unidos e Israel contra Irán a fines de
febrero no solo se empantanó militarmente. También su impacto diplomático
erosiona la relación de la Casa Blanca con sus aliados europeos.
Con algunos, como el gobierno español, la distancia a partir del conflicto iraní se
profundizó aún más. Con el Papa León XIV y el Vaticano, Trump se creó una herida
que puede ocasionarle deserciones en su base católica de cara a las elecciones
parlamentarias de noviembre próximo. Con otros, como la primera ministra italiana
Giorgia Meloni, se produjo una ruptura inimaginable apenas algunas semanas atrás.
Divorcio a la italiana
A mediados de abril, la cadena noticiosa Euronews publicó un análisis con un título
muy sugestivo: “La ruptura entre Trump y Meloni: del coqueteo político a la crisis de
pareja”. Durante meses, comentó este medio, los dos mandatarios vivieron una relación
política de “interés amoroso”. Marcada por halagos públicos, apretones de manos
insistentes y esa “química personalizada que el presidente estadounidense cultiva con
algunos líderes extranjeros que le son afines”.
Durante esa etapa, Trump calificó a Meloni como “uno de los verdaderos líderes del
mundo”, reconociendo que podía hablar con ella “con franqueza, incluso cuando no
estamos de acuerdo”. La primera ministro aparecía desde la asunción misma de su
homólogo estadounidense como una contraparte privilegiada y de total confianza. Sin
embargo, en pocas horas se precipitó el detonante de una ruptura: la tensión de
Washington con el Papa León XIV, referente espiritual prácticamente intocable en las
esferas del Palacio Chigi y el Quirinal, sedes del gobierno y de la presidencia,
respectivamente.
Analistas vaticanos argumentan que, en Italia, tanto para la derecha como para la
izquierda, la sola idea de cuestionar la figura del Papa es una línea roja que no se
puede transgredir. Atrevimiento de parte del mandatario estadounidense que enfadó
a Meloni, quien se ha definido desde siempre como paradigma de una derecha
“liberal, cristiana, identitaria y patriótica”. Reivindicando su derecho a disentir, la
segunda semana de abril Meloni caracterizó como “inaceptables” las agresivas
declaraciones de Trump sobre el Papa. Horas después, Trump se lamentó por la
reacción de la primera ministra italiana. “Estoy sorprendido, no nos está ayudando.
Me equivoqué con ella… Le falta valentía con Irán; es inaceptable”
(https://www.instagram.com/reels/DXHoUpkiDYP/).
Separación con mala cara. La decepción de Washington.
Trump acusó al Papa de ser “débil con el crimen” y de no apoyarlo en su política
hacia Irán. En un video que luego retiró de sus redes, el presidente estadounidense
se presentó como Jesucristo bendiciendo a un enfermo, lo que provocó repulsas en

amplios sectores religiosos por considerárselo inapropiado y vejatorio
(https://www.youtube.com/watch?v=ntHzCfOFjSA).
Durante la vigilia de oración por la paz en el Vaticano el sábado 11 de abril, el Papa
denunció la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. “Queridos hermanos y
hermanas”, afirmó, “ciertamente existen responsabilidades imperativas que
incumben a los líderes de las naciones. A ellos clamamos: ¡Basta! ¡Es hora de hacer
la paz!”. Si bien el pontífice, que es ciudadano estadounidense, no mencionó a
Trump, fue obvio que su mensaje también se dirigía a Washington. Ante las
respuestas agresivas de Trump, el Papa no bajó su tono. Por el contrario, aseguró
que no le tenía miedo al mandatario y enfatizó que la obligación de la Iglesia es
pronunciarse a favor de los Evangelios y de la paz. Sin desdecirse de sus
argumentos principales, días después, durante su visita a África, el Papa aseguró
que no le interesaba [seguir] la polémica con Trump
(https://www.reflexionyliberacion.cl/ryl/2026/04/12/basta-ya-de-guerra/).
En el trasfondo de la ruptura Trump-Meloni asoman dos hechos decisivos. Por un
lado, la diferencia de percepción con respecto al conflicto en el Medio Oriente.
Meloni, como prácticamente la totalidad de los dirigentes europeos, durante marzo y
abril comenzó a aceptar como correcta la línea impulsada por el primer ministro
español, Pedro Sánchez, para quien esta guerra “no es nuestra guerra”. De
inmediato España prohibió que las bases militares estadounidenses en territorio
español se utilicen para atacar a Irán. Y además vetó el uso de su espacio aéreo
para el sobrevuelo de aviones militares con destino a Irán.
Por el otro, el distanciamiento de los aliados europeos de la Casa Blanca tiene que
ver con la devastadora estrategia militar de Israel, intensificada las últimas semanas
con su ofensiva contra Líbano y que continúa a pesar del formal alto al fuego
vigente. Sin subestimar, además, el impacto que han tenido desde meses entre la
dirigencia europea las sanciones tarifarias impuestas por Estados Unidos y la
arrogancia del discurso paralelo para justificarlas. El enfriamiento de las relaciones
de varios dirigentes europeos con Trump ha sido inevitable.
Adicionalmente, y también en abril, Meloni, suspendió la renovación automática del
acuerdo de defensa mutua entre Italia e Israel. El 19 de abril el jefe de gobierno
español Pedro Sánchez, por su parte, propuso que toda a Unión Europea clausure
los acuerdos de asociación (cooperación económica) con Israel. Finalmente, la
Unión Europea no se sumó a esta iniciativa.
Para Trump, la decisión de varios Estados europeos de negarle el uso de sus
propias bases en esa región expresa una falta de solidaridad inaceptable porque
incumbe a históricos aliados y, además, miembros de la Organización del Tratado
del Atlántico Norte (OTAN). Con la agresión contra Irán también esta organización
profundiza su crisis interna que se manifestó a partir de la misma llegada del
republicano a la Casa Blanca.
Desde la Segunda Guerra Mundial, Europa ha albergado numerosas bases militares
estadounidenses con decenas de miles de soldados. Aunque los números son
imprecisos y variables, un reciente análisis del reconocido Centre Delàs de Estudios
para la Paz, con sede en Cataluña, España, señala, citando fuentes de Estados
Unidos, que a inicios de 2025 había unos 84.000 militares estadounidenses en
Europa. Y acota que, debido al envío suplementario de tropas a los países
fronterizos con Ucrania, esta cifra podría alcanzar los 105.000 efectivos en 26 bases

militares estadounidenses y otras 19 instalaciones con presencia militar
estadounidense. Específicamente, 38.700 en Alemania; 14.000 en Polonia; 12.600
en Italia; 10.000 en Reino Unido y 3.500 en España. Además, calcula que hay
aproximadamente un centenar de bombas nucleares B61 en Bélgica, Italia, Países
Bajos, Alemania y Turquía (https://centredelas.org/actualitat/trump-la-otan-y-el-mito-de-que-
eeuu-paga-por-la-defensa-de-europa/).
La postura europea de no involucrarse activamente en la guerra contra Irán ni
endosar la propuesta estadounidense de romper el bloqueo iraní sobre el Estrecho
de Ormuz, explica la decepción de Trump y las complicaciones operativas que
pudieron haber experimentado las fuerzas estadounidenses durante su agresión a
gran escala contra su rival persa.
Cuando cae un amigo…
El domingo 12 de abril, Viktor Orbán, presidente de Hungría, amigo incondicional de
Trump (y de Vladimir Putin), connotado crítico del funcionamiento de la Unión
Europea y pieza clave de la promoción de la Internacional de Derecha, sufrió un
categórico revés electoral luego de 16 años en el ejercicio del gobierno. Fue
aplastado en las urnas por Péter Magyar, líder conservador formado en el propio
partido de Orbán hasta su alejamiento del mismo en 2024 por diferencias en la
gestión. Gran parte de la clase política y de la prensa europea celebró la victoria de
Magyar con emocionados titulares y declaraciones. El cursor del debate ideológico
en el Viejo Mundo (y en general a nivel internacional) se ha corrido tanto hacia la
extrema derecha, que la victoria de un candidato conservador un poco menos
extremista que Viktor Orbán fue motivo de grandes festejos. La Unión Europea ve en
Magyar un euro-compatible que va a reducir la tensión permanente entre Bruselas y
Budapest.
La derrota en las urnas del principal aliado europeo de Trump significó una bofetada
adicional para la diplomacia estadounidense en Europa. La misma semana de las
elecciones, el vicepresidente J. D. Vance había llegado a Budapest para brindar el
apoyo oficial de su país a su “buen amigo”, el ultraderechista Orbán. Pero, en
definitiva, las urnas húngaras expresaron una doble y categórica sanción: no solo a
la extrema derecha nacional, también a la Casa Blanca.
Recelos europeos
En las últimas semanas, la relación del primer ministro alemán Merz con Trump
también pasó por diversos estados de ánimo. La visita del mandatario alemán a la
Casa Blanca el 3 de marzo pareció indicar un giro estratégico favorable a los
intereses estadounidenses. Menos de dos semanas más tarde, Merz se alejó de las
explícitas presiones de Trump para que Alemania, así como el resto de Europa,
apoyen la guerra contra Irán. Las declaraciones de Merz fueron tajantes: “Estados
Unidos e Israel no nos consultaron antes de esta guerra. Nunca hubo una decisión
conjunta respecto a Irán. Por lo tanto, no cabe la posibilidad de una contribución
militar por parte de Alemania. No participaremos”. Profundamente desgastado en su
gestión interna, parece que hoy Merz no tiene margen de maniobra como para no
enrolarse en la postura mayoritaria europea de no intervenir militarmente en Irán.
También en Francia, la situación en Medio Oriente no ha hecho más que empeorar
su trato con la Casa Blanca. A inicios de abril, un análisis de la cadena televisiva

RTL comentó que “las relaciones entre Emmanuel Macron y Donald Trump se han
tensado considerablemente en los últimos meses. Ya enfrentados en varios temas
importantes, como la guerra en Ucrania, donde sus posturas a menudo han
divergido, los dos líderes han protagonizado numerosas disputas públicas”.
Diferencias que, a la luz de los últimos desencuentros de Trump con Meloni y con el
Papa, tampoco vaticinan la posibilidad de un destrabe a corto plazo en Francia.
La guerra contra Irán produjo un verdadero cisma entre la estrategia común de
Trump y Netanyahu y la visión de los aliados europeos. Y también una
profundización de la crisis interna que la OTAN ha estado padeciendo desde la
llegada de Trump a la Casa Blanca. Más que nunca, y a pesar del elocuente
servilismo pro-Trump del secretario general de esta organización, la OTAN estaría
contemplando un retorno al concepto de “defensa común europea” como prioridad.
En otras palabras: dejar de delegar su propia defensa en manos de los Estados
Unidos y asumirla en su totalidad.
Adicionalmente, la derrota electoral de Orbán y la crisis circunstancial con Meloni
complica coyunturalmente la ambiciosa propuesta de Trump (y de su excolaborador
Elon Musk) de promover la Internacional de extrema derecha, definida por sus
detractores como “internacional reaccionaria”.
El costo de la ofensiva militar en Medio Oriente le ha creado al presidente
estadounidense un cúmulo de frentes opositores. Por cierto, muy diversos, pero
igualmente desgastantes a nivel interno como en su estrategia con el resto del
mundo, notablemente Europa.

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