16 abril, 2024

Pueblos originarios: ¿Ignorancia histórica o designio ideológico?  

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Reflexión sobre el “Día de respeto a la diversidad cultural” /Por Luis Edgardo Jakimchuk  – El día del Respeto a la Diversidad Cultural trata de desandar la historia por la cual el protagonismo de los pueblos indígenas y sus múltiples creaciones culturales resultaron sistemáticamente invisibilizados a lo largo de siglos. La situación hoy, de casi un millón de personas descendientes indígenas, que habitan en tierras comunitarias de las 39 existentes, manteniendo vivas 13 lenguas originarias, es estigmatizada deplorablemente.

La relación de los pueblos originarios en nuestro país con el Estado fue marcada por la “Conquista del desierto”. Lo que desde Buenos Aires se consideraba “desierto” estaba lejos de ser un vacío de civilización, sino que conformaba un espacio geográfico con relaciones económicas, políticas y sociales con lógicas propias.

Durante el siglo XVIII, más allá de la frontera cordillerana los pueblos originarios eran los protagonistas de una sociedad cuyos circuitos económicos unían las pampas con la Araucanía. Los distintos grupos indígenas oficiaron de excelentes intermediarios entre la producción ganadera de las pampas argentinas y la demanda de la sociedad mercantil del valle central chileno.

Hemos escuchado hasta el hartazgo, en el marco del conflicto protagonizado por las comunidades mapuches, los sectores terratenientes y el Estado argentino en la Patagonia, que “los indios mapuches son todos terroristas, usurpan tierras, incendias viviendas, hay que matarlos a todos”. Esto muestra de alguna manera que millones de ciudadanos toman partido por el relato construido por los medios oligárquicos, que por la solidaridad con sus reclamos. Pero ¿qué subyace a esta opción? El “indio” existe como una cuestión del pasado.

Décadas de arbitrariedad y dolor viven los pueblos originarios que habitan todo el territorio nacional y que, en la actualidad, en el aspecto legal, sólo se encuentran a merced del Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) que firmó hace un año el presidente Fernández.

La ley de Emergencia de la Propiedad Comunitaria Indígena 26.160 del año 2006, prohíbe el desalojo de las comunidades de todo el país. Esta fue prorrogada por ley 26.554, ley 26.894 y ley 27.400, en materia de posesión y propiedad de las tierras. El conflicto es producto por la falta de relevamiento técnico, jurídico y catastral, que tradicionalmente ocupan las comunidades indígenas por parte del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI) y no se logra sancionar en la Cámara de Diputado, pese a los insistentes reclamos. Parece mucho más fácil la represión de las fuerzas federales, como ocurrió en Villa Mascardi, y no actuar rápidamente en materia de normas.

La sociedad argentina mantuvo durante mucho tiempo el discurso de país convertido en un crisol de razas, y con eso de algún modo la cuestión de los pueblos originarios nunca fue una preocupación social. Pero hoy hay un planteo abiertamente racista que deja de lado esa idea del crisol de razas.

Uno no puede dejar de coincidir con el antropólogo argentino, Axel Lazzari, que analiza profundamente las representaciones que la sociedad argentina tiene de los pueblos originarios, a la luz de los reclamos territoriales de la comunidad mapuche Pu Lof, dice: “LOS RECLAMOS INDÍGENAS SIEMPRE SE JUZGAN CON LOS OJOS DEL BLANCO”.  

No son “pseudo-mapuches” los Integrantes de la comunidad Lafken Winkul Mapu de Villa Mascardi, como los estigmatizan. Según medios locales, el área ocupada por los mapuches de la que fueron desalojados violentamente se acerca a las 40 hectáreas, que la trabajan y viven de la siembra y animales que crian. Lo que dicen sobre lo que son indios terroristas, tiene que ver con generar más racismo y preparar el escenario para ceder tierras a amigos del poder y justificar la represión. La arbitrariedad y la violencia racista es tal que no interesan los derechos humanos, culturales y territoriales de los pueblos originarios.

Los dos primeros años de la gestión Cambiemos, el Registro Nacional de Tierras Rurales, entrego 172 certificados de habilitación a nuevos propietarios extranjeros. En la actualidad hay más de 5.900 registros de tierras extranjeras que se desconocen la nacionalidad de sus propietarios. En total suman una superficie de 2.230.610 hectáreas, en ese esquema, en el departamento Cushamen de Chubut, más del 22% de las tierras está en manos de extranjeros.

En esta zona, donde el pueblo mapuche fue dispersado y sometido están enclavado el country Arelauquen, del grupo belga BURCO, tiene 780 hectáreas. Tavistock Group tiene más de 12.000, incluido el lago Escondido. Los capitales de los Emiratos Árabes tienen por lo menos 22.000 hectáreas rurales en el paraje El Foyel. Carlo Benetton compró terrenos que suman 900.000 hectáreas (unas 132 veces el área de Manhattan) en la Patagonia argentina, sólo por citar algunos casos ubicados muy cerca de la población que tiene sangre mapuche.

La superficie realmente ocupada por la Winkul en cinco años fue variando a partir de algo menos de dos hectáreas del primer reasentamiento, que se amplió después del crimen, todavía impune, de Rafael Nahuel. Esto demuestra lo desproporcionado del dispositivo. De este modo, no es la superficie lo que está en juego, ni el peso específico de los propietarios que reclaman mano dura, lo que parece haberse definido es la militarización de esa zona de tremenda riqueza.

Un dato alentador. Las mujeres indígenas, cada vez más, son protagonistas de acciones que tienen que ver con el cuidado de los territorios y del ambiente. Trasmiten un mensaje de lucha por la libre determinación de sus territorios. Son transmisoras de la identidad, a través de la enseñanza de su lengua, de su cultura, de sus conocimientos a otras generaciones. Se saben piezas de un proceso indetenible para recuperar su identidad.

Un caso paradigmático de la lucha de las mujeres por el territorio indígena es el caso de Betiana: “¿Querías tierra? ¡Comé tierra india de mierda!”. Así le respondió un cabo de la Prefectura Naval a Betiana Colhuan Nahuel. La tiró al piso para obligarla a comer tierra. Fue durante la madrugada del 23 de noviembre de 2017 en la comunidad Lafken Winkul Mapu de Villa Mascardi, provincia de Río Negro.

Mientras haya una Betiana, habrá esperanza de que se cumpla lo que la Constitución de la Nación Argentina de 1994 reconoce la preexistencia étnica y cultural de los pueblos originarios (Art. 75, inc. 17). 

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